Por: Jaime Guerrero Vázquez - El Economista
Apenas la semana pasada dije en este espacio que la presidenta Sheinbaum parecía haber dado un paso atrás en los ánimos de censura de los Lineamientos generales para la protección de los derechos de las audiencias (LGPDA) debido a la intensa crítica que dicho documento había recibido. También señalé que ante los ataques a periodistas y medios que ocurren en nuestro país no había que confiarse.
La desconfianza tenía bases. Nuevos señalamientos y ataques contra la prensa se han registrado, algunos claramente desde el poder y otros utilizando la mano del gato que saca las castañas del fuego. Desde el acoso e intimidación hasta formas más sutiles, como la presión sobre clientes para que retiren sus dineros de los medios independientes. Las voces críticas se van apagando o empequeñeciendo.
La censura tiene muchas formas y caras. Periodistas que critican a gobernadores o funcionarios de la 4T son asesinados por el crimen organizado. Una reacción de cuerpo. Así, en los últimos tres sexenios se han asesinado entre 45 y 50 periodistas en cada administración. Caen los sicarios, pero casi nunca los autores intelectuales. De todos modos, para las autoridades de la 4T se consideran casos cerrados en su mayoría. Por si fuera poco, se les ataca desde las mañaneras. López Obrador llegó a insinuar que el atentado contra Ciro Gómez Leyva podría tratarse de un “autoatentado”.
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