Por: José Nery Pérez Trujillo - El Economista
Cada mañana, José Ángel, dueño de una pequeña empresa manufacturera en el Bajío, calcula con frustración cuánto aumenta el costo de transportar sus mercancías. Las carreteras saturadas retrasan entregas, los problemas energéticos generan incertidumbre y la infraestructura logística avanza más lento que la demanda. “Podríamos producir más, pero no podemos movernos más rápido”, comenta. Su experiencia resume uno de los desafíos económicos más importantes de México: la insuficiente inversión en infraestructura. Como señaló el economista y premio Nobel Paul Romer: “El crecimiento surge de mejores recetas, no solo de cocinar más”, una idea que destaca cómo la inversión y la innovación son esenciales para elevar la productividad.
La teoría económica ha mostrado durante décadas que la inversión es uno de los motores fundamentales del crecimiento. No toda inversión tiene el mismo impacto. Existe la inversión financiera, orientada a adquirir activos; la inversión productiva privada, destinada a ampliar la capacidad de las empresas; y la inversión en infraestructura, que crea carreteras, puertos, redes eléctricas, sistemas de agua y telecomunicaciones. Esta última suele ser la más determinante para mejorar la productividad porque reduce costos, conecta mercados y facilita la actividad empresarial. Diversos estudios del Banco Mundial y organismos multilaterales han encontrado que la infraestructura genera efectos multiplicadores sobre el empleo y el crecimiento económico al aumentar la eficiencia de toda la economía.
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