Emilio Blanco - Nexos
Los expertos afirman que la universidad está en crisis. Lo vienen afirmando desde hace casi sesenta años. El tema se desarrolla en dos grandes frentes. Uno es el económico-funcionalista, iniciado por Coombs, que establece los tópicos, todavía vigentes, de la pertinencia del conocimiento universitario para la economía y del desajuste entre la demanda y la capacidad presupuestal. Estos temas gozan hoy de excelente salud: se habla de los graduados sin empleo, de las carreras “poco útiles”, de la desactualización de los contenidos. También están vigentes en los discursos conservadores que impulsan la introducción de mecanismos de mercado en la educación y —más recientemente— en la denuncia de los tecnogurús a la universidad como un espacio de conocimiento estéril, cuyo verdadero objetivo es el acaparamiento de oportunidades a través de los títulos.
El otro frente es el crítico-radical, desarrollado entre otros por Bourdieu y Passeron, quienes popularizaron la noción del sesgo universitario favorable a la cultura de las clases medias y altas, y el papel de las escuelas en reproducir la desigualdad social mediante la transubstanciación de las ventajas culturales heredadas en méritos educativos individuales. Hoy estas versiones se vulgarizan en la idea de que el mérito no juega ningún papel en la carrera educativa; idea que, probablemente por ser tan opuesta a la experiencia cotidiana, sólo puede sobrevivir en los círculos académicos.
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