Enrique Krauze - Sonora Presente
Hubo un día en que el gobierno quiso acabar con la libertad de creencia e imponer una verdad única. Olvidó que el catolicismo -corazón de la espiritualidad popular en México- arraigó particularmente en el occidente de nuestro país. Cuando el poder pasó del desprecio a la persecución, los campesinos se levantaron en armas. Estalló hace exactamente cien años: la Guerra de los Cristeros.
Tenemos la fortuna de contar con una obra maestra que la recreó con rigor y conmovedora empatía. Me refiero a La Cristiada de Jean Meyer. Sus tres volúmenes (publicados a principios de los años setenta) rescatan los más diversos avatares de la guerra, pero ante todo resaltan la fe del modesto campesino, cuyas hazañas recuerdan aún sus bisnietos.
Los antecedentes son conocidos. La necesaria separación de la Iglesia y el Estado así como la plena libertad de creencia habían sido consagradas en la Constitución liberal de 1857. La virtud de ambos preceptos se convirtió en franca intolerancia con la Constitución de 1917 cuyo objetivo era erradicar la religión. El 3° asentaba: “Ninguna corporación religiosa […] podrá establecer o dirigir escuelas de instrucción primaria…”. El 130° negaba toda posible personalidad de las “denominadas Iglesias”, impedía a los ministros ejercer el voto y facultaba al Estado a determinar el número de sacerdotes.
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