Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis
Claudia Sheinbaum ha sido la única graduada en ciencias que ha llegado a la presidencia de México. Obtuvo un doctorado e hizo carrera académica durante varios años. No era absurdo esperar que esa formación dejara en ella sobriedad y rigor. Algunos admiradores la llegaron a comparar con la canciller alemana Angela Merkel, de quien se dijo que aplicó el método científico como proceso de gobierno. Le importaba la evidencia, se rodeaba de expertos, no llegaba a la conclusión antes de explorar la vastedad de las alternativas. La científica mexicana no incorpora en lo más mínimo su experiencia académica y profesional a la práctica de gobernar. Si en algún momento proyectó imagen de seriedad por su contención y disciplina, hoy queda en evidencia que su administración da tumbos entre las deudas que se siente obligada en pagar, los compadres que la acompañan, los dogmas a los que sigue aferrada y las ocurrencias con las que sale al paso de las emergencias. La imagen de autoridad que proyectaba al principio de su gobierno ha quedado en ruinas.
En su sentido más elemental, la ciencia exige desconfianza: desconfianza del conocimiento heredado, desconfianza del prejuicio propio, desconfianza en la intuición, desconfianza en todo lo que no descansa en demostración. La disposición intelectual de Sheinbaum es exactamente la contraria: fidelidad sectaria. Lealtad ciega al patriarca y repetición acrítica de un ideario hecho de consignas.
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