Christopher Cernichiaro Reyna* - El Siglo de Torreón
El reciente informe de Oxfam México, "Oligarquía o democracia", plantea una idea incómoda pero necesaria: en México existe un círculo vicioso entre crecimiento económico, poder político y control de recursos ambientales. Es decir, quienes concentran más riqueza también concentran más capacidad para influir en las decisiones públicas y en el acceso a recursos estratégicos como agua, energía, infraestructura o transporte. Con ello, el sistema termina reproduciendo la desigualdad.
La discusión no es nueva. Los economistas Daron Acemoglu y James Robinson, en Por qué fracasan los países, sostienen que las naciones fracasan cuando sus instituciones permiten que pequeños grupos concentren poder económico y político. Cuando eso ocurre, las reglas dejan de beneficiar a la población y comienzan a proteger privilegios. El resultado suele ser bajo crecimiento económico, desigualdad persistente, debilitamiento democrático y menos posibilidades de que las personas se desarrollen libremente.
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