Pedro Miguel - Periódico La Jornada
Se confirma: los agüeros de un desencuentro catastrófico entre Andrés Manuel López Obrador y Joe Biden se han disipado. Esas fantasías apocalípticas, con todo y su ignorancia, cortedad de miras y mala fe, corrieron la misma suerte de las que se acuñaron hace tres años, cuando AMLO estaba por llegar a Palacio Nacional y el energúmeno Donald Trump habitaba la Casa Blanca.
No ocurrió ni una cosa ni la otra. Tras una etapa de desencuentros y tensiones que empezó con Felipe Calderón, cuyo entreguismo no logró contrarrestar el desagrado de la clase política de Washington ante un régimen entregado a la delincuencia organizada, y que siguió con la total incapacidad de Peña Nieto para conducirse con un mínimo de decoro, a partir de diciembre de 2018 la relación bilateral empezó a mejorar con base en una nueva estrategia del gobierno mexicano que consistió en dar y pedir respeto y no mezclar los acuerdos con los diferendos. El ejemplo más claro fue el de la migración: Trump no quería la llegada de más migrantes a territorio estadunidense y por razones muy diferentes, López Obrador no quería que continuara la sangría de población nacional causada por el modelo neoliberal.
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