viernes, 15 de marzo de 2013

HABÍA UNA VEZ UNA CRISIS

El relato que llevamos contándonos desde hace ya más de cinco años empieza a producir fatiga, indiferencia o hartazgo porque “dura demasiado”. Y empieza a surgir la funesta sospecha de que nunca llegaremos al final
José Luis Pardo / El País
Hay que reconocer que, desde el punto de vista narratológico, este relato de la crisis económica en el que llevamos sumidos ya más de cinco años está bastante bien traído. Cuenta con una gigantesca adversidad inicial (la explosión de la burbuja inmobiliaria y la consiguiente crisis de la deuda bancaria) y con una gran meta final a modo de desafío del destino (el equilibrio presupuestario); tiene sus héroes esforzados y dispuestos al sacrificio (los pueblos endeudados y cada vez más recortados, y los líderes políticos que los conducen por la estrecha senda de la austeridad) y sus adversarios malignos (los “mercados” y los “inversores”, ciegos ante cualquier cosa que no sea el beneficio inmediato, en santa alianza con el espíritu prusiano), cada uno de los cuales tiene a su vez aliados ambivalentes (los movimientos populistas y los ultraliberales, ambos siempre ofuscados); y dispone de numerosos mecanismos de aumento de la tensión en forma de fluctuación de las primas de riesgo, y de un depósito muy nutrido de episódicos “giros inesperados de la fortuna” prestos a quebrantar las fronteras de la verosimilitud para impedir que decaiga la atención. Para evitar cualquier intento de buscar desenlaces simples o alternativos e interpretaciones fáciles, se ha ganado la reputación de una intrincada complejidad de su trama (que hace las veces de lo que en los mitos era la conspiración de los dioses y las parcas y en las religiones monoteístas el plan de Dios) a fuerza de catapultar al estrellato a una nueva raza de narradores que ha desplazado tanto a los poetas y a los novelistas como a los periodistas: la estirpe de los asesores financieros, que ahora ocupan el lugar de los oráculos a la hora de hacer profecías crípticas y enigmáticas o de los teólogos e ideólogos a la de ofrecer explicaciones insondables, hondamente técnicas y convenientemente confusas, que sirven de entretenimiento (ya que de consuelo es imposible) a quienes lo han perdido todo por culpa de tan enmarañada y misteriosa cadena de oscuros acontecimientos nombrados en inglés

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