Bernardo Barranco V. / La Jornada
Una gran sorpresa ha causado
el nombramiento de Jorge Mario Bergoglio como nuevo Papa. No figuraba
entre la lista de los favoritos papables de los medios de comunicación.
Cuando de la chimenea de la Capilla Sixtina emanó el humo blanco, se
pensaba que los cardenales habían llegado a un rápido y amplio consenso,
necesario para respaldar las delicadas tareas del próximo pontífice.
Unidad había sido el mensaje central del cardenal decano Angelo Sodano,
representante del ala burocrática más cuestionada por sus niveles de
corrupción y abuso de poder. Sin embargo, cuando se da a conocer el
nombre del cardenal argentino Bergoglio, surgen de inmediato muchas
interrogantes y serias preocupaciones. Primero, la edad; es un papa
viejo con 76 años, casi como lo fue Ratzinger en el pasado cónclave.
Ronda entonces el fantasma de un nuevo pontificado de transición o, por
el contrario, los cardenales no apuestan por el largo plazo. Significa
que las divisiones y las rupturas palaciegas en el Vaticano no
alcanzaron a resolverse y probablemente se no se resolvieron, sino más
bien se postergaron.
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