Jesús Silva Herzog - Pulso de San Luis
Con nacionalismo se pretende encubrir el fracaso del Estado. Mientras se acumulan las pruebas de que el territorio escapa de su control, se agitan las banderas del relato histórico más pedestre. Cuando vemos las evidencias de la subordinación de la política al crimen, se nos vuelven a contar historias edificantes sobre un pasado glorioso. Que este era un paraíso, que aquí vivían hombres muy sabios y muy buenos. Que luego llegaron unos señores perversos y ambiciosos a los que, gracias a los héroes, pudimos expulsar siglos después para recuperar lo que nos fue arrebatado. Que todo lo que México ha sido está contenido en esa batalla eterna entre la virtud y la codicia.
El Estado mexicano se ha desmantelado a sí mismo. Lo ha hecho invitando, desde hace muchos años, al enemigo a casa. Se ha pactado con el crimen buscando beneficio del botín o creyendo que esa era la única manera de alcanzar la paz. Largos años de contubernio que han terminado por aniquilar la autoridad del poder público. Gobiernos al servicio del crimen. Criminales al mando del gobierno. Lo cierto es que hay una nueva geografía nacional. Los linderos de los estados, por nítidos que sean, son menos importantes que las manchas de las corporaciones criminales que se disputan los territorios. La nueva cartografía nacional es un mosaico de mafias. Claudia Sheinbaum no llega tarde a ese arreglo. No es inocente víctima de un pacto heredado. Ella ha sido, en los hechos, firmante de su renovación. Su política de seguridad se ha detenido en seco cuando aparecen acusaciones contra los jerarcas de su partido. Es cierto que ha cambiado la estrategia, pero no ha estado dispuesta a poner en riesgo la unidad de su partido.
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