Joseph E. Stiglitz*
Especial para La Jornada.
Nueva York. Como dijo Alexander Pope, errar es humano. Pero si bien todos somos falibles, algunos humanos son más propensos que otros a cometer errores. Esto justifica la democracia: someter las decisiones que afectan a un gran número de personas a procesos deliberativos que incluyan controles y equilibrios. La historia de los regímenes políticos autoritarios y absolutistas está plagada de figuras cuyos errores resultaron calamitosos no sólo para ellos mismos, sino también para las sociedades que gobernaron.
Ninguna decisión es más importante que declarar la guerra a otro país. Sin embargo, Estados Unidos ha hecho precisamente eso sin siquiera considerar su propio sistema de controles y equilibrios ni la deliberación razonada. Como los reyes de antaño, el mentiroso e impulsivo presidente estadunidense, Donald Trump, sigue sin estar sujeto al control del Poder Legislativo y rodeado de aduladores que sólo le dicen lo que quiere oír. El desastroso resultado es ahora evidente: Estados Unidos se encuentra nuevamente inmerso en una guerra en Medio Oriente que ya ha costado miles de vidas –en su mayoría civiles– y en la que casi con toda seguridad ha cometido múltiples crímenes de guerra.

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