Luis Rubio - El Siglo de Torreón
El poder, escribió Orwell, no es un medio. Es un objetivo". En el mismo tenor, Philipp Blom afirmó que "toda dictadura requiere trascendencia, la promesa de un mejor mañana -un perfecto más allá, el cielo, el paraíso. A final de cuentas, sólo un apego casi religioso hacia un ideal sostenido en el espacio fuera de alcance y demandando grandes sacrificios puede justificar las crueldades e injusticias del presente". Muchos gobiernos caben bajo estas definiciones, pero Morena lo hace con orgullo: la exclusión, la identificación de enemigos y culpables y la congénita incapacidad para sumar al conjunto de la población son la marca de la casa. En este entorno, queda por dilucidar si México aguanta el tipo de devenir que han experimentado otras sociedades, sobre todo al sur del continente.
Suele decirse que las revoluciones devoran a sus acólitos porque al transformarse en dictaduras nadie queda a salvo. Los otrora baluartes del movimiento acaban siendo consumidos, pasando a las filas de la oposición. En Venezuela pasaron del chavismo al madurismo y ahora el rodriguismo de la presidenta Delcy, quien hoy vive sometida a los designios del norte. En la Nicaragua sandinista ya no hay opositores presos, sino sandinistas que cayeron en desgracia con la pareja Ortega-Murillo y en Bolivia, donde eligieron jueces por voto popular, Evo Morales se peleó con su propio partido y ahora huye de la Justicia que él mismo parió. Hay muchos ejemplos históricos sobre cómo, al cambiar de manos, la concentración de poder se convierte en veneno para los que antes la celebraron. Las revoluciones tienen consecuencias, no siempre benignas.
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