miércoles, 18 de marzo de 2026

Carlos Ramírez - El Independiente

FOTO: CUARTOSCURO

Después de la severa e impactante derrota política del bloque lopezobradorista de Morena al presentar un decálogo de reforma electoral que modificaría la estructura del aparato organizador de elecciones y del hecho de que fueron sus aliados los que pararon en seco el modo autoritario de legislar, el autodenominado Plan B no es plan, ni B, ni implica una reforma electoral y se reduce a un discurso de propaganda.

Lo más grave del autodenominado Plan B radica en el hecho de que se trata de una intervención del centralismo político de un partido para meterse en desordenar –con el disfraz de reordenar– dos estructuras estatales y municipales que responden a lógicas muy locales: el número de diputados distritales y plurinominales y la disminución de regidurías en las presidencias municipales.

El tema de la consulta pública que contiene el Plan B sí tendría repercusiones en las prácticas políticas nacionales y el modelo hasta ahora rumiado pero no digerido de democracia directa, pero habrá que esperar si puede ser tratado en una nueva iniciativa porque al estar considerado en el Plan A no podría ser presentado en el curso de un año.

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