Raymundo Riva Palacio - Expreso
Estríctamente Personal
Para los populismos contemporáneos, la experiencia de la derrota de los republicanos en las elecciones intermedias ofrece una advertencia: la polarización puede conservar una base electoral intensa durante mucho tiempo, y la confrontación permanente puede desviar la atención de los problemas de gobierno. Culpar a sus adversarios, a los gobiernos anteriores o a factores externos, permite trasladar responsabilidades a otros, normalizar los fenómenos. Pero ninguno de esos mecanismos garantiza que los electores toleren indefinidamente el deterioro de su bienestar o la percepción de que los gobernantes se benefician personalmente del poder. Eso le sucedió a Donald Trump, que vivió el martes el peor revés político del siglo para un presidente en funciones.
Varios fueron los factores del repudio. Más de la mitad de los votantes consideró la corrupción al decidir su voto, y una proporción todavía mayor demandó controles más efectivos sobre la presidencia, reveló la encuesta de salida de la agencia AP. La demanda de contrapesos fue una de las dimensiones institucionales de esta elección, ante el impulso expansionista de la autoridad presidencial de Trump, que para ello chocó con tribunales, legisladores y medios de comunicación. Sus partidarios decían que era necesaria por las resistencias al cambio; sus críticos denunciaban la concentración excesiva del poder.
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