Raymundo Riva Palacio - Vanguardia
Ramírez Cuevas, Silva y López Beltrán representan tres formas distintas de ejercer influencia dentro de la Cuarta Transformación
Los generales de la desinformación de la 4T y del capitalismo de cuates, que se formó durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, se están hundiendo por las peores razones: sus tracalerías quedaron al descubierto. Durante varios años han ejercido un poder informal, en el que la corrupción no necesita una firma, una cuenta bancaria ni una transferencia de dinero; basta con una llamada telefónica, una recomendación o una puerta que se abre mientras permanece cerrada para todos los demás. Pero cuando los abusos se combinan con dinero público, propaganda y relaciones familiares, la frontera entre influencia política y tráfico de influencias se convierte en un territorio que exige investigación. Y eso es lo que han hecho los medios de comunicación, la última y única trinchera contra la deriva autoritaria de la 4T.
Existe en México un poder informal y criminal que hace que descripción y adjetivo calificativo sean palabras sinónimas. No se contraponen, pero tampoco tienen nada que ver, salvo cuando, en estos tiempos caprichosos, el búmeran está regresando a quienes lo lanzaron y se vuelven –otro calificativo– indisolubles. Descripción y adjetivo se han fusionado para pintar a un grupo que llegó al poder para coludirse, corromperse, traficar influencias y volverse millonario al amparo de la cuarta transformación, una narrativa histórica que diseñó López Obrador para ponérsela como sombrero en la mampara de los héroes nacionales, pero que, para su desgracia, se está cayendo a pedazos.

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