Enrique Krauze - Sonora Presente
Quienes nacimos inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial quisimos creer que el costo de las guerras provocadas por la intolerancia había sido tal, que la humanidad había aprendido la lección. Nos equivocamos. Hoy los fanatismos de la identidad -religiosa, ideológica, nacionalista, racial, de género o de clase- han resurgido de las entrañas de la historia. Y como en su origen en el siglo XVII, la tolerancia, esa frágil bandera de la modernidad, está puesta a prueba.
Es preciso defender la tolerancia. Y para ello vale la pena volver a ese origen. Impresionado por los odios políticos y religiosos que caracterizaron la vida holandesa (y la europea en general) en su siglo, el filósofo Baruch Spinoza publicó en 1670 su Tratado teológico-político en el cual critica todo intento de gobernar la conciencia de las personas por parte de cualquier iglesia o estado:
Nadie puede abdicar de su libertad de juicio y sentimiento; y en tanto que todo hombre es, por derecho natural irrenunciable, dueño de sus propios pensamientos, se deduce que los hombres que piensan de formas diversas y contradictorias no pueden, sin resultados desastrosos, verse obligados a hablar solamente según los dictados del poder supremo […] no se puede imponer -no es viable, no es lícito- nada a la conciencia a los hombres; y de esa libertad de conciencia se desprende naturalmente la posibilidad de que el hombre tenga creencias y las manifieste, y conciba y elabore opiniones en las que crea, y las pueda publicar.
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