Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis
A la mitad del discurso que pronunció en el Zócalo la semana pasada, la presidenta Sheinbaum advirtió a los asistentes que haría una reflexión. El silencio debe haberse impuesto en esa congregación de entusiastas que voluntariamente acudieron a escuchar el enésimo segundo informe de gobierno. Ningún ruido, ningún cuchicheo frente a Palacio Nacional para poder escuchar el razonamiento presidencial. Cuando la presidenta reflexiona el pueblo se ilustra. La Jefa del Estado asume la función de ser la gran esclarecedora. Está convencida de que, cuando un lugar común se repite con enjundia, se vuelve "reflexión" y termina cualquier confusión. Nos cuenta, por ejemplo, que la democracia es lo que dice su etimología. La experiencia histórica de ese régimen no importa realmente porque con el significado de las cuatro sílabas basta. Le gusta también contarnos el cuento infantil de nuestra historia oficial. Simplificando al simplificador nos arrulla con el cuento de que México era una nación feliz antes de que la invadieran los españoles. El rigor de la científica se hace patente cuando describe las hazañas de los héroes y la perversidad de esos traidores que son siempre los mismos.
En su reflexión más reciente, la presidenta regresó a la fábula de las transformaciones. Cuatro capítulos de la historia, cuatro epopeyas, cuatro semidioses y cuatro constituciones. Cada "transformación" ha desembocado en una nueva ley suprema. Sheinbaum celebra que ya tenemos una nueva constitución. No fue necesario convocar a un congreso constituyente porque ese congreso al que se le regaló una supermayoría que no le dieron los votantes actuó como tal. El poder legislativo nos ha dado una nueva ley que concreta simbólicamente eso que describen como si fuera el cuarto nacimiento de México.
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