Rolando Cordera Campos - Periódico La Jornada
Detenidos o empujados por los poderes fácticos y formales, los cambios del mundo imponen leyes de silencio, negación o sumisión, todo con el fin de evitar(se) mayores sobresaltos. Así las cosas, se rechaza lo desagradable –que ocurre a diario– y se consagra al sigilo como la práctica más socorrida para tratar con los vuelcos e incertidumbres del globo.
Negar como colofón dubitativo está siempre a la orden, como también están los intentos del gobierno de ser interlocutor válido, oportuno y respetuoso, ante la avalancha crítica que ha comenzado a caerle encima a medida que el ingrato tiempo de la política arroja saldos, por demás desfavorables, a un movimiento amparado de origen por la necesidad del cambio, la revolución de las conciencias y composiciones alusivas a la transformación, que no puede sino inspirarse en las que marcaron los dos siglos de construcción republicana que, ¡ahora sí!, podría presumir de habernos traído a una meta congruente con tanta lucha y sacrificio.

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