Jorge A. Castañeda Morales - El Economista
La nueva preocupación económica mundial es el diésel. Tras la apertura parcial del estrecho de Ormuz, este combustible tomó un papel central con un acuerdo entre Estados Unidos y Rusia, interpretado por muchos como la traición definitiva de Trump a Zelenski. Más allá de las teorías de conspiración, en esta coyuntura es fundamental entender su importancia para la economía mundial y México.
Aunque la gasolina impacta directamente nuestro bolsillo, el diésel mueve buena parte de la economía. Tractocamiones, tractores, locomotoras y barcos dependen de él. De acuerdo con la SICT, en 2024 el autotransporte movilizó 58.3% de la carga del país, y por carretera circula más del 70% del valor de lo que comerciamos con Estados Unidos.
El diésel se obtiene de una fracción intermedia del barril y el sistema de refinación de Norteamérica solo puede redirigir entre 10% y 15% de su producción de gasolina a diésel. Si escasea, no basta con extraer más petróleo. Se necesita capacidad de refinación, cuyas instalaciones tardan años en construirse. Además, su demanda es poco sensible al precio: el tráiler que lleva jitomates a la Central de Abasto o exportaciones a Laredo debe llegar, cueste lo que cueste el litro.
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