Carlos Ramírez - El Independiente
Aunque es muy claro que los hechos políticos en diferentes universos, sociedades y regímenes no se calcan de modo automático, la crisis en Brasil que llevó a la derrota electoral en primera vuelta al populista –que no de izquierda– Luis Ignacio Lula da Silva podría ayudar a entender los escenarios políticos de México.
Lula no perdió por la intervención directa del presidente Donald Trump y de los intereses geopolíticos internacionales, sino que el agotamiento del modelo y proyecto político del populismo derivó en la ineficacia del Gobierno, en la pérdida social de una ideología y sobre todo en la corrupción. Trump, eso sí, se montó sobre la ola de contradicciones al interior del régimen brasileño y supo capitalizar el intento de cuarta reelección del Lula, y luego de tres derrotas anteriores en elecciones presidenciales.
La fuerza política de Lula fue perdiendo dinamismo en la estructura política de Brasil sobre todo por la atomización de los partidos políticos y la debilidad del Partido de los Trabajadores que lo llevó a aliarse con muchos otros partidos. Si Lula emergió del Partido de los Trabajadores con una definición socialista, en sus dos últimas reelecciones 2002 y 2011 fue transformando su ideología obrera en una subordinación al poder Ejecutivo personalizado. La alianza en las elecciones del 2022 y su nombre de batalla “Brasil en Esperanza” se resumió en la coalición “listo para más”, con lo que priorizó la permanencia en el poder en lugar de alguna propuesta política que movilizara a las masas. Esta alianza se forjó con el PT, el Partido Comunista de Brasil y el Partido Verde.

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