Por: Gabriel Farfán Mares, Georgetown University - El Economista
Nuestra discusión sobre el IVA suele centrarse en tasas, exenciones y montos potenciales a recaudar. Pero ya no estamos en 1980 (cuando se crea), en 1995 (cuando sube a 15%), ni en 2010 (cuando llega a 16%). En esas coyunturas, lo que prevaleció fue la necesidad de dinero del gobierno. Hoy es momento de pensar en impuestos inteligentes que se centren en aspectos de diseño e incentivos. Además, la discusión sobre impuestos debe partir de un enfoque de política pública y especialmente social, no solo de maximización de recaudación.
El IVA es un impuesto enormemente regresivo. En los hogares de menores ingresos, el consumo de productos en donde no aplica la tasa “0” representa casi el 75% de su ingreso y para los que más tienen apenas el 10%, además de que los ingresos de estos últimos son 18 veces más altos que los primeros. El IVA que tenemos no es proporcional y equitativo. Incluso podríamos argumentar que los hogares de menos compran menos comida, de menor calidad y menos nutritiva. Finalmente, el IVA tiene incentivos a la elusión y la evasión, la informalidad, el uso de efectivo y la opacidad.
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