Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis
En un artículo publicado hace unas semanas, la teóloga británica Carmody Grey relató el desconcierto que le causó el haber recibido una invitación de Anthropic para incorporarse a un proyecto de investigación. Quienes nos dedicamos a la filosofía y a la teología estamos acostumbrados a ser vistos como irrelevantes. Una hace lo que le apasiona, pero sabe bien que no recibirá muchos aplausos y que, en el mundo de los tecnólogos, no podría haber conocimiento más prescindible que el de una disciplina que pretende comprender desde la fe. ¿Por qué uno de los laboratorios de inteligencia artificial más innovadores del mundo buscaría a una teóloga? Sintiéndose un poco halagada por el interés que despertaba en los ingenieros y movida por la curiosidad, se entrevistó con altos directivos de Anthropic. Grey cuenta que, desde el primer momento, quedó claro el propósito de sus posibles contratantes. La empresa trataba de comprender la naturaleza de su modelo y la teóloga podría ayudarles a entender quién era Claude. ¿Se trata de un nuevo ente en busca de su propia metafísica? ¿Tiene personalidad? ¿Puede cultivarse éticamente su carácter? No fueron necesarias muchas reuniones para que la teóloga se diera cuenta de que las preocupaciones de sus entrevistadores tenían el peor enfoque posible y que, por ello mismo, la colaboración era imposible. Lo que importa no es Claude sino el usuario de Claude. El entusiasmo y las buenas intenciones de sus interlocutores eran evidentes. También el amor que sentían por su criatura. Lo que a ella le resultaba inaceptable era aproximarse a un tema de la máxima relevancia en los términos que plantea la industria. Lo preocupante es el vínculo que el usuario puede entablar con la herramienta, la posible deshumanización, los efectos en la cultura y en la política, el gigantesco poder sin control que le puede dar a sus gerentes. Esta es su conclusión. “En lugar de pensar en la inteligencia artificial en sí misma, deberíamos pensar en sus efectos. Concentra el poder; diluye la responsabilidad; agrava el deterioro de la naturaleza y del clima; es un instrumento para la expropiación a gran escala de culturas, lenguas y territorios en beneficio de enormes ganancias; y probablemente nos hará más solitarios y más estúpidos.”
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