Julio Madrazo - El Economista
La semana pasada estuvo en el país la ex primera ministra de Nueva Zelandia, Jacinta Ardern. Le había quedado a deber a México una visita en 2025, para presentar su libro, “A different Kind of Power”, pero ciertamente esta visita, en la que Ardern fijó su postura sobre cómo se debe gobernar, superó las expectativas de todos los asistentes.
Ardern propone revalorizar la política y un liderazgo completamente distinto al que hoy personifica Donald Trump y que vemos en cada vez más líderes en América Latina, Europa y el mundo entero. El de Jacinta es un liderazgo de sencillez, empatía, humildad, honestidad y sensibilidad. Una manera de ver la política y el servicio público en franca contraposición a la arrogancia, soberbia y rudeza de las y los narcisistas que, cada vez en mayor medida, llenan las boletas electorales tanto de partidos de derecha o izquierda.
Escuchar a Ardern es una verdadera bocanada de oxígeno. Transmite dos atributos que deberían ser esenciales en los políticos: la decencia y la calidad humana. Su mensaje es nítido y lleno de ejemplos de cómo el liderazgo desde el diálogo y desde la vocación de servicio es el antídoto a la polarización y el retroceso de la democracia. En las democracias de Occidente se ha normalizado la confrontación, la insolencia y la soberbia; escucharla es recordar que la política descansa en el diálogo, acercar posturas y en edificar, desde el respeto, soluciones conjuntas, que sean sostenibles y en las que se tutelen los derechos de todos.
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