Por Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso De San Luis
La presidenta de México está convencida de que la libertad de expresión es un regalo que ella nos hace, generosamente. Si quisiéramos censurar ya lo habríamos hecho, dijo el 30 de julio. Tenemos todos los instrumentos para hacerlo, pero hemos preferido no usarlos. ¡Qué amable, doña Claudia! Ella podría en un segundo silenciarnos, pero no lo hace. Cada vez que abramos la boca, deberíamos darle las gracias a la presidenta por permitirnos hablar. El muro contra la censura no es la ley, sino la gracia presidencial. Cree también que "nunca ha habido mayor libertad de expresión que ahora." En el país más democrático del mundo, la estigmatización constante de periodistas críticos desde la tribuna presidencial, el asesinato de decenas de periodistas a lo largo del país, la censura que se sirve de los jueces y de las autoridades electorales existen solamente en la cabeza de los enemigos del pueblo.
La presidenta ha hecho pública su intención de crear, dentro de su gobierno, una oficina de la verdad. La oficina estará situada en una dependencia del Ejecutivo. Por supuesto, esta oficina se nos ofrece como la gran protectora de las audiencias. Un órgano que nos cuidará de los mentirosos, de los discriminadores, de los manipuladores. Una institución que nos protegerá del mal periodismo y del mal entretenimiento. Una dependencia que velará por que los periodistas se conduzcan moralmente y que los verdaderos valores se difundan. La Comisión de la Veracidad cuidará, por ejemplo, que la opinión no se ofrezca como información. Suena bien, pero ¿qué significa que una agencia gubernamental se convierta en policía de esa regla periodística? Castigo por el tono en el que se presenta una información, sanción por la manera en que se hilan las noticias, pena por la manera en que se ilustra un reportaje.
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