Mario Maldonado - Diario de Chiapas
El Estadio Azteca ocupa ya un lugar único en la historia del futbol. Ningún otro inmueble había inaugurado tres Copas del Mundo. México tiene razones de sobra para presumirlo. La victoria de la Selección Mexicana frente a Sudáfrica terminó de redondear una jornada cargada de simbolismo para un país donde el futbol es mucho más que un deporte. Por unas horas, el viejo ritual volvió a repetirse. Familias enteras frente a las pantallas, aficionados de todos los rincones del país y una ciudad que, pese a sus problemas, volvió a estar en el centro del mapa mundial.
La imagen del Azteca renovado, los recuerdos de Pelé y Maradona, las referencias inevitables a 1970 y 1986, así como el entusiasmo de miles de aficionados que llegaron desde distintas partes de México y del extranjero, le dieron a la inauguración el tono que buscaban la FIFA y Grupo Ollamani, propietario del inmueble encabezado por Emilio Azcárraga. Sin embargo, detrás de la ceremonia comenzaron a aparecer las grietas de una organización que durante meses prometió una experiencia impecable.

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