Jorge G. Castañeda - El Siglo de Torreón
No hay nada que le funcione mejor a un gobierno mexicano atribulado que envolverse en la bandera, denunciar el intervencionismo foráneo, en particular norteamericano, y dar la impresión de actuar en consecuencia. Claro: sin comer lumbre. Ninguno de los presidentes de la época moderna, desde Obregón hasta López Obrador, se pasaron de lanzas. Siempre supieron hasta dónde podían atizar el supuesto nacionalismo mexicano sin provocar seriamente al vecino, fuera este razonable -Roosevelt, Kennedy, Clinton y Obama- o agresivo -Coolidge, Johnson, Reagan y Trump.
Claudia Sheinbaum y Ricardo Monreal forman parte de esta historia, y de este patrón de conducta. Al presentar al alimón una iniciativa de ley que incorpora la "injerencia extranjera" a la lista de causales de la posible nulidad de una elección, se dotan efectivamente de un instrumento para manipular los resultados electorales. Pero también construyen un dispositivo para arengar y apelar a su base, enfilando de nuevo las baterías contra lo que ella, en su fuero interno -Monreal no creo- denominaría el imperialismo yanqui.
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