Ahora que la política industrial vuelve a estar de moda a nivel mundial, la cuestión no es si los gobiernos deben intervenir (de hecho, ya lo hacen), sino cómo deben proceder cuando desconocen de antemano qué funcionará. La respuesta reside en la improvisación dirigida: crear las condiciones para la experimentación donde realmente importa.
Por Yuen Yuen Ang - El Economista
WASHINGTON, DC—La política industrial está de vuelta con nuevos bríos. Tras décadas de predicar el neoliberalismo, los funcionarios e intelectuales de Occidente han redescubierto el papel del Estado en el desarrollo económico. Hasta el Banco Mundial se sumó a la corriente, y reconoce que sus viejos consejos ahora tienen el "valor práctico de un disquete" y que todos los países deberían incluir la política industrial entre sus herramientas de gobierno.
Pero pasar de un extremo al otro no es lo mismo que repensar la cuestión. En el entusiasmo por la política industrial, se suele pasar por alto una nueva realidad: diversas disrupciones simultáneas (inteligencia artificial, desglobalización, perturbaciones climáticas y fricciones geopolíticas) hoy hacen que para los gobiernos sea más difícil saber a qué industrias apostar.

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