Carlos Ramírez - El Indepndiente
Foto: EFE
La crisis de Estados Unidos con Irán ilustró los márgenes reducidos y desgastados de Donald Trump como presidente de la nación todavía más poderosa del mundo: una cosa es que su estrategia de reconstrucción del imperio americano sea la correcta en la lógica conservadora, pero otra cosa muy diferente que aparezca amenazando un día sí y otro también con acabar con el mundo y ya nadie le crea.
Venezuela, Cuba, México e Irán ya le tomaron la medida al presidente estadounidense; inclusive, la presidenta de México ha aportado un elemento de sensibilidad racional que se ha tomado casi como categoría geopolítica: la “cabeza fría” no es otra cosa que dejar que las calenturas imperiales pongan las cosas en su lugar, lo que en buen lenguaje mexicano se resumiría en la percepción de: “déjenlo solito que se haga bolas”. The Economist lo apreció citando a Tzun Zu y poniendo a Xi Jinping como beneficiario: “nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”.
El estilo personal de ejercer el poder del presidente Trump se mueve entre la lógica imperial muy bien razonada por el Proyecto 25 de la Fundación Heritage y el exceso de bravuconería que tergiversa la estrategia.

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