León Bendesky - Periódico La Jornada
Las tensiones económicas a escala mundial se han intensificado en los recientes 15 meses. El comercio global ha estado marcado por las distorsiones en las corrientes del intercambio, asociadas con la imposición de tarifas, la aplicación de subsidios y por más medidas regulatorias. Esto ha propiciado mayor incertidumbre en la actividad productiva y en los mercados financieros. Las cadenas productivas se han fragmentado y los costos han ido en aumento. Esta tendencia se ha agravado recientemente con la guerra en Irán y el efecto que ha tenido en el alza del precio el petróleo y, con ello, en el resto del sector de la energía.
El entorno económico es más inestable y las predicciones acerca del crecimiento económico se han ajustado a la baja, mientras las relativas a la inflación van al alza, que es una combinación siempre problemática. El registro de la inflación en Estados Unidos de marzo pasado creció hasta 3.3 por ciento, el nivel más alto en dos años (por encima del 2.4 por ciento registrado en febrero). La inflación es uno de los indicadores más sensibles en la configuración de las condiciones actuales y era previsible su alza (de la misma manera en que ha ocurrido en México, donde el registro del INPC llegó en marzo a un nivel anualizado de 4.59 por ciento; por encima del objetivo de 3 por ciento y de las bandas de fluctuación de entre 2 y 4 por ciento). Esto repercutirá en las tasas de interés de referencia que fija la Reserva Federal, que podría volver a subirlas (lo que ejercerá, en consecuencia, una presión sobre la tasa que establece el Banco de México, sobre todo luego de haberla reducido de modo inesperado en la más reciente reunión de la Junta de Gobierno).

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