Samuel García - El Sol de México
Ante un entorno de desconfianza generalizada, el gobierno ha optado por una estrategia pragmática: sentar a la mesa a unos cuantos grandes jugadores capaces de ejecutar rápido.
Es un modelo de “inversión por invitación” que busca resultados inmediatos en sectores críticos como energía e infraestructura, mientras persiste un problema más profundo: la erosión de la confianza sistémica.
Las cifras dan cuenta de la situación. La inversión acumula 17 meses consecutivos de caídas anuales, al inicio de este año la inversión privada se contrajo nuevamente, y ya suman 23 meses de deterioro en la confianza empresarial. Sin capital, no hay expansión. Y sin confianza, no hay capital.
Frente a ese vacío, el gobierno ha decidido que la diplomacia económica sea directa y personalizada. Reuniones con actores como Larry Fink, de BlackRock, buscan enviar señales de certidumbre desde la cúspide del poder. O, figuras como Carlos Slim que encarnan el rol del empresario que no solo es inversionista, sino también socio operativo del Estado en proyectos energéticos. El mensaje es que si el mercado no reacciona, se construye una red de aliados que sí lo haga.
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