Luis Linares Zapata - Periódico La Jornada
La descomposición de la élite política del país llegó a ser un punto referencial generalizado. No sólo se le suponía de una ineficacia, cierta y comprobada, sino que sus abusos se llegaron a convertir en mitología cotidiana. Pocas cosas o conductas podían superar el daño que sus andanzas cómplices podían inferirle a la nación, como un todo y a cada uno de los ciudadanos en lo particular. El malestar por la corrupción imperante, extendido convencimiento popular, se acuñó a la perfección en el concepto de cleptocracia gobernante. En tan nociva categoría no se distinguía entre funcionarios menores o mayores, pertenencia a los partidos o cualquier otra posible franja de ocupación. Simplemente se decía todos son corruptos. Era casi imposible reconocer salvedades a esa regla derivada de la experiencia en miles de casos conocidos o rumorados. El sustento, sobre todo para motivos de terminar en tribunales, además de nebuloso se refería a un entramado legal y policiaco por demás defectuoso. Un conjunto ideal para la evasión y salvaguarda para las complicidades que finalizaban en impunidad galopante.
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