- De la mañanera más corta de la historia a la orden de licencia: el dilema de una Presidenta que intentó contener lo incontenible.
Claudio Ochoa Huerta - Periódico am
Todos sabían hace tiempo que esto pasaría, pero no quién sería el primer llamado a rendir cuentas.
Un día antes de que el país se enterara de que Rubén Rocha Moya estaba acusado de vínculos con el Cártel de Sinaloa, la presidenta Sheinbaum recibió la noticia en Palacio Nacional. La embajada de Estados Unidos en México había tenido la cortesía, si se le puede decir así, de enterarla a través de los canales tradicionales. En un inicio, la respuesta fue que lo revisarían bajo el supuesto de que habría tiempo para reaccionar, pero nada más equivocado. No estaba presupuestado que la administración Trump publicaría las 34 páginas de la acusación que parece más un best seller.
La Presidenta convocó a su equipo más cercano, pero para nadie era una sorpresa. Según las fuentes, todos los reunidos sabían desde hace tiempo que esto pasaría, pero no quién sería el primer llamado a rendir cuentas. Había baraja: Marina, Adán, Américo, Durazo, Audomaro. Rebotaron información entre el recién estrenado canciller Roberto Velasco, la fiscal Ernestina Godoy y el secretario de seguridad, Omar García Harfuch, este último el de mayor alcance en datos de inteligencia y relación con Estados Unidos, pero el que menos se movilizó al ver el tamaño de la embestida. Como el que no quiere quemar favores por un amigo impresentable.
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