Caludio Ochoa Huerta - Sonora Presente
Como parte de su estrategia política, Luisa María Alcalde sí consideró rechazar la invitación de la presidenta Sheinbaum a la Consejería Jurídica de Palacio Nacional. En su lógica, decir que no le permitiría dedicarse de tiempo completo a la maternidad y era el disfraz perfecto para ocultar la molestia que le generó el bajón de puesto. De legisladora federal y secretaria de Estado en dos ocasiones, cayó a una oficina que, desde que salió Julio Scherer con López Obrador, es meramente una oficialía de partes.
Ahora, con el mal sabor todavía en la boca, su estrategia será buscar una diputación federal en 2027 y convertirse en la coordinadora política de la bancada de Morena, puesto que actualmente está en manos de un viejo lobo de mar y efectivo operador político como Ricardo Monreal.
La salida de Alcalde de la dirigencia de Morena se planteó desde hace un par de meses derivado de un detonante principal: su conocida relación con Arturo Ávila, vocero del partido. Él le parece un nefasto personaje a la presidenta Sheinbaum. Primero por los reportes que le llegaron de sus visitas incómodas a gobernadores y posibles candidatos para el próximo año. Una especie de coyote electoral, pero sin autorización oficial. Segundo, por su gusto por los reflectores mediáticos, aunque internamente lo consideran un vocero efectivo. Tercero, por su cercanía con Adán Augusto López Hernández a quien le operó con fuerza durante la gira de las corcholatas y a pesar de que, actualmente, ya estaba más alineado a Palacio Nacional. Y cuarto, que derramó el vaso, la tensión generada por la relación sentimental que comenzó después de la ruptura con Zoé Robledo.
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