Carlos Ramírez - El Independiente
Foto Cuartoscuro
Si el sentido final de las recomendaciones últimas a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo para que defina su viabilidad presidencial a partir de la traición al expresidente López Obrador, entonces el expresidente Ernesto Zedillo Ponce de León estaría confirmando que su vida política estuvo marcado por tres ingratitudes traicioneras: traicionó Salinas de Gortari, traicionó a Joseph-Marie Córdoba Montoya y traicionó a Luis Donaldo Colosio.
La traición –según Shakespeare– es el elemento central de la lucha por el poder entre poderosos cuya fuerza política puede llevar a la anulación de posibilidades. Por eso, el contexto político y moral de la intención de Zedillo de empujar a la presidenta Sheinbaum a una ruptura con el expresidente no es otro que sugerir de manera sencilla un zedillazo.
Zedillo fue una pieza clave del proyecto de sucesión presidencial de 1994 que operó para su propio proyecto el superasesor salinista Córdoba Montoya. Sacar a Zedillo del gabinete para nombrarlo jefe de la campaña de Colosio fue un doble juego: excluirlo del gabinete para tenerlo como cuadro de relevo ante cualquier emergencia, igual a lo que había hecho Manuel Camacho Solís cuando abandonó la cancillería para irse de comisionado de la paz en Chiapas sin sueldo y sin cargo y la candidatura independiente en mente; y en la perspectiva de largo plazo de Salinas de Gortari-Córdoba Montoya, encaminarlo a la sucesión presidencial del 2000.

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