Luis Linares Zapata / La Jornada
Insistir en un modelo
propio para desarrollar la industria de la energía les parece, a los que
adoptan la postura de imitar o seguir rutas ajenas, una necedad
nacionalista. Sobre todo cuando tal necedad ha sido causal eficiente
para cimentar una identidad particular, diferente a otras muchas que,
también, pasaron o pasan por similares problemáticas. Y cuando lo creado
respondió a las propias necesidades y fue de provecho para la mayoría.
Tal es el caso de la promulgación de la Constitución de 1917 y, en
específico, de su crucial artículo 27. En él se fija el dominio
primigenio de la Nación sobre los bienes del suelo y el subsuelo,
plataforma continental y espacio aéreo. Fundamentando así la
expropiación, primero, y el desarrollo de Pemex posterior, como un
monopolio encargado de la explotación y transformación de los
hidrocarburos sólidos, líquidos y gaseosos.
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