lunes, 9 de marzo de 2026

El error de confiar en la autocontención

Agustín Basave - Milenio

Lo malo de Donald Trump (DT) no es tanto su agenda cuanto su estilo personal de gobernar. Es decir, podemos reprobar su rechazo a la migración o su proteccionismo, pero son más nocivas su imposición de ley de la selva y del juego de suma cero y su concepción del triunfo como despojo. Y es que de la normalización de su comportamiento a su imitación solo media un paso, que no pocos gobernantes dan movidos por miedo y admiración al poderoso que se sale con la suya. Es eso lo que erosiona las relaciones internacionales. Si bien el poderío siempre se ha llevado el premio gordo en la rifa de la globalidad, en el siglo pasado la cooperación tuvo reintegro. Ya no.

Ahora bien, la superioridad militar y económica de Estados Unidos en la que él se monta ha sido más o menos la misma en las últimas décadas. ¿Por qué sus predecesores no pidieron la anexión de un socio comercial o amenazaron con apropiarse un territorio europeo? ¿Por qué no se cebaron en el multilateralismo o armaron, sin negociarlo, un “consejo de paz”? Aunque sobraron aventuras bélicas, no recuerdo a un presidente que haya desafiado a sus aliados e incluso a su base electoral como DT. ¿Por qué George W. Bush, quien también tuvo mayoría en el Congreso y una Suprema Corte afín, hizo al menos un esfuerzo diplomático antes de invadir Irak? Mintió, presionó, pero se cuidó de no estirar la cuerda de más. DT presume que solo “su propia moralidad” puede detenerlo y, desgraciadamente, la guerra en Irán le da la razón

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