Gerardo Flores Ramírez - El Economista
Los planes del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum para que en 2026 mejore el desempeño de la economía mexicana —con más inversión pública y privada como palancas centrales— podrían haber encontrado ya un primer y significativo contratiempo externo: el conflicto bélico entre Estados Unidos e Israel con Irán, que estalló el 28 de febrero pasado y que desde entonces no ha hecho más que escalar.
El impacto más inmediato del conflicto es el choque de oferta que ha provocado en el mercado petrolero global. El Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del suministro mundial de petróleo, se encuentra prácticamente cerrado al tráfico de buque-tanques. Como resultado, alrededor de nueve millones de barriles diarios de crudo están fuera del mercado, ya sea por instalaciones atacadas o por productores que han tomado medidas de precaución. Aunque solo por unas horas, el precio del petróleo superó ya los 100 dólares por barril esta semana, un nivel que no se había visto desde la invasión rusa a Ucrania en 2022.
Para nuestro país, este escenario tiene una arista particularmente incómoda: somos un comprador neto de gasolina en el exterior. En 2025, Estados Unidos nos exportó un promedio de 486,000 barriles diarios de gasolina, lo que convirtió a México en el destino número uno de las exportaciones estadounidenses de gasolina, absorbiendo el 54% de su total. Un encarecimiento sostenido de la gasolina en los mercados internacionales se traduce, de manera directa, en un mayor costo de las importaciones que México realiza para satisfacer su demanda interna.
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