- El formato y la calidad de la información evitan que el Informe de Gobierno cumpla su verdadera función: ser un mecanismo de rendición de cuentas.
Por Lourdes Morales Canales* - México Evalúa
Durante muchos años, el Informe de Gobierno fue un ritual: un acto de propaganda política conocido como “la fiesta del presidente”. Se hacía en el Congreso, frente a los representantes políticos que escenificaban el besamanos, al aplauso regalado y la lectura de un texto alejado de “la verdad adversa al desnudo”, como expresó alguna vez el entonces mandatario Luis Echeverría. A su vez, el presidente de la mesa directiva del Congreso daba una “contestación” acrítica. Como escribió Daniel Cosío Villegas, el Informe reflejaba la “necesidad fisiológica” del presidente por hablar: un monólogo en el que el jefe de Estado se escuchaba a sí mismo.
Cada titular de los poderes ejecutivos federal, estatal y municipal tiene la obligación constitucional de informar, explicar y justificar las acciones y decisiones de su administración. El Informe de Gobierno, entonces, debería ser un ejercicio para que los ciudadanos conozcamos de primera mano en qué se han utilizado los recursos públicos, cuáles son los resultados obtenidos y cuáles los desafíos pendientes. Sin embargo, el formato y la calidad de la información evitan que el ejercicio cumpla su función de mecanismo de rendición de cuentas.
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