José Rubinstein - El Siglo de Torreón
Evoco los primeros de septiembre de mi juventud, día del presidente, en que éste acudía al Congreso de la Unión a rendir su Informe de Gobierno.
Había ceremonia, protocolo, aplausos, una oposición contenida, incómoda y necesaria. El presidente acudía al encuentro, al menos simbólicamente, con otro poder de la República y con quienes no pensaban como él. Hoy, el ritual es distinto, el informe se pronuncia desde Palacio Nacional ante una audiencia escogida, reducida, incondicional, a modo. Se entrega el documento al Congreso porque así lo manda la Constitución, pero la política se representa en otro escenario, el del aplauso.
Esta ocasión, como sucede en todo informe, ni se dice todo lo que es, ni es todo lo que se dice. Claudia Sheinbaum presentó un país admirable, un gobierno con autoridad política y moral, una administración honesta, austera y cercana al pueblo, una economía estable en pleno avance, soberanía, dignidad, independencia y cooperación sin subordinación. Pregunto: ¿De qué país está hablando? porque un informe de gobierno no debería ser solamente la relación de aquello que salió bien, ni siquiera la estadística oficial basta cuando se seleccionan las cifras y hechos que convienen y se omiten los que incomodan.
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