Carlos Ramírez - El Independiente
Con expedientes abiertos de crisis de seguridad interior, de geopolítica con Estados Unidos, del Tratado que ya no salió y del lopezobradorismo transexenal, ayer 1 de septiembre comenzó la agenda complicadísima de la política: la 4T dependerá de mantener la mayoría calificada legislativa con sus dos aliados ahora rejegos y no perder ninguna de las 17 gubernaturas en disputa.
Con muchos trastes sucios en el fregadero, las decisiones políticas se han centrado –como todo desde 2018—en la estructura piramidal de la Presidencia de la República, pero a diferencia del viejo presidencialista del antiguo régimen hoy no existen espacios intermedios ni correas de transmisión para controlar decisiones, operaciones y resultados.
La agenda política va a demostrar –desde luego que visto especulativamente desde fuera y sin fuentes privilegiadas en Palacio Nacional– que la relación entre la presidenta Sheinbaum Pardo y el presidente emérito López Obrador no ha variado de lo que sería el proyecto político del tabasqueño y al cual pertenece la funcionalidad presidencial de su sucesora. Y que algunos indicios que pudieran mandar señales de rupturas en realidad han sido desacuerdos inevitables entre las dos cabezas del poder operativo.

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