Samuel García - El Sol de México
Las altas tasas de interés son un “impuesto silencioso” sobre el futuro del país: castigan la inversión de hoy y el crecimiento de mañana.
La venta global de bonos de esta semana lo recordó. Al cierre de ayer, la tasa de rendimiento del bono del Tesoro estadounidense a 10 años rondó 4.78% y el de 30 años 5.26%, el mayor nivel en casi dos décadas. Y Japón, que durante décadas fue sinónimo de dinero barato, cerró cerca de 3.00% a 10 años, su mayor nivel en casi tres décadas, y 4.14% a 30 años, un máximo histórico.
En México, el bono gubernamental a 10 años se ubicó en 9.31% y el de 30 años en 9.81%, niveles suficientemente altos para preocupar, sobre todo ante la posibilidad de dinero caro por mucho más tiempo.
Detrás de este panorama hay algo más que los bancos centrales. La guerra con Irán volvió a presionar al petróleo, mientras la geopolítica encarece energía, materias primas, insumos y transporte. Al mismo tiempo, los gobiernos arrastran deudas elevadas y crecientes compromisos en pensiones, defensa e infraestructura, y las grandes tecnológicas compiten por el mismo ahorro global para financiar la expansión de la inteligencia artificial. Más demanda de capital, mayor riesgo fiscal y presiones inflacionarias terminan elevando el costo de prestar a largo plazo.
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