miércoles, 2 de septiembre de 2026

Hiperpolítica

Jesús Silva Herzog Márquez - Revista Nexos


Al final de su famosa conferencia, Max Weber describió el oficio político como obra de fuerza y resistencia. Un taladrar paciente y tedioso sobre las tablas más duras. Ahí estaba una de las lecciones más importantes que quería trasmitir a los estudiantes que lo escuchaban. Los dominios de la política no eran aptos para impacientes. El político se ve obligado a luchar con perseverancia contra intereses poderosos, viejas inercias, reglas rígidas, prejuicios extendidos. Nunca basta tronar los dedos. La labor no termina con el discurso, la expedición de la ley, la asignación del presupuesto. Toda acción exige constancia. El estadista es quien logra imponerse sobre la “mezquindad del mundo”.

Weber atestiguaba el levantamiento de ésos, los aparatos de la política de masas. Burocracias, partidos, sindicatos que seguían reglas, canalizaban intereses y estructuraban el conflicto. Hoy vivimos en el polo opuesto. Una política sin anclajes, sin reglas, sin sentido de eficacia. Anton Jäger, un politólogo belga, ha acuñado el término de hiperpolítica para describir la gran paradoja de nuestro tiempo. Todo se vuelve político… y poco pasa. Lo que hacemos, lo que decimos, lo que compramos, lo que leemos es marca de identidad en una batalla histórica. Nos indignamos ante cualquier provocación. En las redes sociales se recibe y propaga la rabia colectiva. Nos unimos a causas, marchamos para solidarizarnos con demandas que nos parecen nobles y, tras el desahogo, todo sigue igual. En un tuit furioso, en una marcha, en unos días de campamento en una plaza pública encontramos satisfacción. Y nada pasa. Ésa es la naturaleza de la hiperpolítica: “politización extrema sin consecuencias políticas”.

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