Jesús Silva Herzog Márquez - Pulso de San Luis
Ya no es joven el gobierno de Sheinbaum. Está cerrándose el primer tercio. Han pasado ya los meses que suelen ser los definitivos en el curso de un sexenio. El calendario presidencial, en apariencia holgado, obliga a dar resultados antes de la elección intermedia que anuncia el declive del poder. A los morenistas les resulta antipático el paralelo, pero vale recordar que, en menos de dos años, Lázaro Cárdenas construyó una base política sólida que le permitió sacudirse la tutela de Calles. Dirán que este gobierno da continuidad a un proyecto que lo trasciende y que no tiene por qué romper con quien marcó la ruta. Difícilmente podrán negar el enorme costo que tienen las herencias políticas, económicas y criminales del gobierno anterior.
El mayor desafío político de Sheinbaum está dentro de su partido. Llama la atención que sea ahí y no en las filas de la oposición donde se cuestiona activamente su legitimidad. Afuera tiene críticos que atacan sus políticas o rechazan sus argumentos. Pero todos la reconocen como la presidenta de la república. Adentro enfrenta intereses que desconocen o, por lo menos, rebajan su autoridad. No hablo del surgimiento de una oposición interna dentro de Morena. Eso sería perfectamente normal e incluso democráticamente estimulante. Qué buena noticia sería que aparecieran, dentro del partido hegemónico, corrientes que abiertamente tomaran distancia de las políticas del gobierno. Lo que vemos es algo muy distinto: grupos dentro del bloque gobernante que cuestionan el mando presidencial.
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