- México no está solo en la difícil tarea de enfrentar a este buleador. Nuestro problema es también el problema de todos. Sin embargo, hay una singularidad que, a diferencia de los demás, limita nuestro margen de respuesta.
Donald Trump, Presidente de Estados Unidos. Foto: Donald Trump, Facebook
Un mérito que hay que reconocerle a Donald Trump. En ningún momento esconde sus defectos ni disfraza con buenas intenciones o sutilezas su propósito de sacar ventaja a quien tiene enfrente. Su "America First" no es otra cosa que una actitud narcisista convertida en política de Estado. Ningún intento de relacionarse a partir de la ganancia mutua, como era el viejo argumento de los imperios para obtener lo que deseaban. Hoy se ha reducido a un simple “dame lo que quiero por las buenas o me lo darás por las malas”. Sobre pedido no hay engaño.
El tema es qué va a hacer el resto del mundo. A menos de un mes del ascenso de Trump a la Casa Blanca, los mandatarios, los dueños del dinero o los líderes de organismos internacionales apenas han podido reaccionar, a medio camino entre la incredulidad y la sorpresa. No es para menos, porque en tres semanas ha lanzado amenazas desestabilizantes que parecerían una locura en cualquier otro contexto que no fuera Trump. La intención de apoderarse de Groenlandia o del Canal de Panamá, de expulsar a dos millones de habitantes de la franja de Gaza, de pactar con Putin el fin de la guerra de Ucrania sin incorporar a Ucrania o al resto de Europa, o ponerse a cogobernar con el excéntrico y disparatado Elon Musk.

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