Jesús Silva-Herzog Márquez - Pulso de San Luis
¿En qué película distópica hemos despertado? La trama es espeluznante, los personajes aterradores y ridículos. Un grupo diminuto de niños locos con inmenso poder tiene en sus manos al mundo. El protagonista es el megalómano entusiasmado por la destrucción que siembra. Un gobernante que se deleita en la humillación y la crueldad. A su lado, un rico desquiciado convencido de que está salvando a la humanidad y que ha recibido la instrucción de reinventar el gobierno como si fuera otro de sus juguetes tecnológicos. Todos los grandes barones de la tecnología rendidos ante el poder. Las alianzas vitales de la seguridad mundial puestas en riesgo. A los peores charlatanes se les encarga el cuidado de la salud, se les rinde homenaje a los delincuentes y se les confieren enormes responsabilidades a los tipos más reprobables. El nuevo emperador juega a las conquistas y a ponerle su nombre al mapa. Amenaza a todos, menos a quienes son, realmente, sus adversarios. No oculta ya su admiración por la dictadura.
No ha cumplido un mes en la Casa Blanca y Trump ha regado ya la dinamita por todos lados. La ha espolvoreado por el mundo con su amenaza de guerra comercial. Más allá de las decisiones que haya concretado, ha puesto a temblar la economía mundial. La causa que justifica su intervención es, por definición, unilateral y caprichosa. El país está en peligro y eso lo justifica todo. Cuando se invoca la seguridad nacional para legitimar una decisión comercial, estamos en presencia de una lógica militar. Lo importante es que la amenaza se instale como atmósfera cotidiana. La bomba de los aranceles debe ser temida por todos, todo el tiempo. El acuerdo de hoy por la mañana puede convertirse en el castigo de la noche.
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