Solange Márquez - El Siglo de Torreón
La ofensiva coordinada de Estados Unidos e Israel contra Irán no es una repetición del ciclo de escaladas anteriores. Esta vez, los blancos no fueron únicamente instalaciones nucleares, sino nodos de poder del régimen: complejos de liderazgo, centros de inteligencia y zonas vinculadas al círculo del ayatolá Ali Khamenei.
El mensaje fue inequívoco: ya no se trata solo de disuasión o de contener el programa nuclear, sino de presionar la arquitectura misma del poder iraní. En Teherán, esa señal se traduce en una lectura existencial. Y cuando un régimen percibe que su continuidad está en juego, la lógica cambia: deja de administrar riesgos y comienza a regionalizarlos.
La respuesta iraní (misiles contra bases estadounidenses en Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Bahréin) confirma esa lógica. No se trata más de algo simbólico sino de expandir el conflicto a toda la región. El estrecho de Ormuz vuelve a convertirse en el punto neurálgico del sistema energético global: por ahí transita la totalidad del gas natural licuado de Qatar y buena parte del crudo del Golfo. Cualquier disrupción impactaría de inmediato en los precios internacionales.
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