Roberto Escalante Semerena / El Financiero
Las atrocidades ocurridas en Tlatlaya y Ayotzinapa han develado, a
nivel internacional, algo que ya se sabía desde hace mucho tiempo a
nivel nacional, el grado de corrupción que se ha alcanzado en algunos
escalafones de la política. Lo cual de jure ya es preocupante, pues en
un mundo, también convulso, estas tragedias parecieran fijar uno de
los límites inimaginables de deshumanización de los últimas décadas. Una
conclusión no extraña en un mundo impulsado por las ideas y la ética de
una política basada en el individuo y en el egoísmo y el oportunismo,
núcleo ético duro de la globalización ortodoxa.
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