El espectro de la decadencia siempre está planeando
sobre aquellos países que algún día tendrán que pagar por haber sido imperio.
La megaurbe de Estados Unidos dedicada al automóvil vive hoy una existencia
fantasmal
José
Antonio González Alcantud / El País
Detroit,
la Moto City, la Metrópolis que soñó Fritz Lang, con sus redes de
autopistas aéreas y su vida febril, ciudad de la General Motors, Ford, los
seductores Cadillac, y la utopía capitalista, es la parábola visionaria
distópica de nuestro tiempo: sólo duró medio siglo, a lo sumo. Avanzar por sus
ruinas, casas incendiadas, rascacielos vacíos, espacios ignotos como el downtown
pleno de hermosos edificios donde dicen que ya llegan los coyotes, es una de
las emociones más fuertes con las que puede enfrentarse el viajero
contemporáneo. Mileto feneció por el cieno que la anegó, Pompeya bajo la lava,
Cartago por la guerra… En todas ellas la ruina puede evocar la nostalgia, la terribilitá
urbana, el miedo a la desaparición por alguna suerte de hecatombe. Pero todas
fueron ciudades construidas en piedra en tanto pensadas para permanecer.
Detroit es el vértigo, es la madera que arde, y no deja rastro de las
viviendas, junto a los mojones de que son sus rascacielos, lo único sólido,
realizado en “concreto”, es decir en cemento en la acepción mexicana de esta
palabra.
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