sábado, 18 de mayo de 2013

EN LAS RUINAS DE DETROIT

El espectro de la decadencia siempre está planeando sobre aquellos países que algún día tendrán que pagar por haber sido imperio. La megaurbe de Estados Unidos dedicada al automóvil vive hoy una existencia fantasmal

Detroit, la Moto City, la Metrópolis que soñó Fritz Lang, con sus redes de autopistas aéreas y su vida febril, ciudad de la General Motors, Ford, los seductores Cadillac, y la utopía capitalista, es la parábola visionaria distópica de nuestro tiempo: sólo duró medio siglo, a lo sumo. Avanzar por sus ruinas, casas incendiadas, rascacielos vacíos, espacios ignotos como el downtown pleno de hermosos edificios donde dicen que ya llegan los coyotes, es una de las emociones más fuertes con las que puede enfrentarse el viajero contemporáneo. Mileto feneció por el cieno que la anegó, Pompeya bajo la lava, Cartago por la guerra… En todas ellas la ruina puede evocar la nostalgia, la terribilitá urbana, el miedo a la desaparición por alguna suerte de hecatombe. Pero todas fueron ciudades construidas en piedra en tanto pensadas para permanecer. Detroit es el vértigo, es la madera que arde, y no deja rastro de las viviendas, junto a los mojones de que son sus rascacielos, lo único sólido, realizado en “concreto”, es decir en cemento en la acepción mexicana de esta palabra.

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