Bernardo Barranco V. / La Jornada
El cónclave que dará
inicio el próximo martes 12 de marzo será uno de los más tensos en la
historia moderna de la Iglesia católica. Las fuertes presiones internas y
externas a que están sometidos los cardenales electores marcan un
ejercicio inédito. En lo interno, el Vaticano está infestado de luchas
palaciegas de poder clerical desmedido y, en lo externo, la Iglesia
enfrenta escándalos y una notoria pérdida de credibilidad y autoridad
moral. Las lecturas de los candidatos, gestos y temas abordados en las
congregaciones generales apuntan a una lectura más política que
espiritual en la elección del nuevo pontífice. El mundo está pendiente
en Roma con más de cinco mil reporteros de 60 países que han enviado
corresponsales especiales, equipo y estructura para realizar amplias
coberturas de un evento que interesa al mundo. No hay duelo ni orfandad
pues el Papa renunciante sigue vivo y aunque el propio Benedicto XVI no
quiera, sigue teniendo un peso significativo en el ánimo de los
purpurados votantes, especialmente de aquellos que fueron creados
cardenales por él. Por cierto, son la mayoría del colegio elector.
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