Silvia Ribeiro* / La Jornada
Desde que los
transgénicos fueron introducidos comercialmente en Estados Unidos en
1996 –al 2012 solamente 10 países tienen el 98 por ciento del área
global sembrada con transgénicos, una vasta mayoría de países no los
permiten– sus promotores afirman que los transgénicos aumentan la
producción. Pero sus afirmaciones no se cumplen y surgen todo el tiempo
nuevas evidencias que lo demuestran. Crece el descontento de
agricultores que pagan mucho más cara la semilla y no ven diferencia de
rendimiento. Además, para dolor de cabeza de las empresas, a partir de
2015 empiezan a vencer las patentes de varios transgénicos (como la soya
RR resistente a glifosato). Por todo ello, las trasnacionales –con
ayuda de ricachones como Bill Gates y Carlos Slim– están trazando nuevas
estrategias para no sólo mantener sus oligopolios, sino extender sus
mercados, llamándolo filantropía.
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